Enseñar no es transferir conocimiento. Paulo Freire

Breve ensayo sobre cuatro puntos del segundo capítulo del libro titulado “Pedagogía de la autonomía, de Paulo Freire.[1]

“Saber que enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción”, es la esencia del planteamiento de Paulo Freire en este capítulo, en oposición a la memorización mecánica y a un papel distante del profesor frente a sus alumnos.

No obstante, el autor enfatiza la importancia de llevar a la práctica cotidianamente este principio, pues su simple conocimiento o repetición no son suficientes para que se cumpla. En este sentido, Paulo Freire señala varios puntos que guían la práctica de este principio, y aquí se incluyen aquellos que considero más importantes:

Enseñar exige conciencia del inacabamiento.

En verdad, el inacabamiento del ser o su inconclusión es propio de la experiencia vital. Donde hay vida, hay inacabamiento.

El proceso de aprendizaje inicia aquí. Aceptar genuinamente que desconocemos un dato específico, o toda un área de conocimiento, es el principio que nos impulsa a buscar aquello que complete nuestra tarea y, en última instancia, que nos ayude a completarnos en el sentido que nosotros deseemos:

Me gusta ser hombre, ser persona, porque sé que mi paso por el mundo no es algo predeterminado, preestablecido. Que mi “destino” no es un dato sino algo que necesita ser hecho y de cuya responsabilidad no puedo escapar.

Enseñar exige el reconocimiento de ser condicionado.

En un principio, tomar conciencia de todo aquello que se ignora puede generar diversas reacciones incómodas en la persona que se atreve a verse desnuda de pretensiones, a lo que el autor responde así: “Me gusta ser persona porque, inacabado, sé que soy un ser condicionado pero, consciente del inacabamiento, sé que puedo superarlo (…) En lugar de extraña, la conscientización es natural al ser que, inacabado, se sabe inacabado”.

De esta manera, el inacabamiento (o el desconocimiento) es la llave que conduce al acto de tomar conciencia; primero, de aquello que nos falta o aquello que necesitamos, luego de los medios para conseguirlo pero, más importante que lo anterior, nos ayuda a tomar conciencia de que somos proceso, impulsado en vez de frenado, por aquello de lo que tenemos conciencia que todavía hay por conocer.

Enseñar exige alegría y esperanza.

A la profundidad de todo lo señalado hasta ahora, Paulo Freire añade la alegría como un elemento importante que facilita el ambiente del aprendizaje (tanto de alumnos como del profesor):

Hay una relación entre la alegría necesaria para la actividad educativa y la esperanza. La esperanza de que profesor y alumnos podemos juntos aprender, enseñar, inquietarnos, producir y juntos igualmente resistir a los obstáculos que se oponen a nuestra alegría. En verdad, desde el punto de vista de la naturaleza humana, la esperanza no es algo que se yuxtaponga a ella. La esperanza forma parte de la naturaleza humana.

Esta esperanza se basa en la certeza de que el futuro personal no está determinado. Cada hombre y mujer que, conciente de su inacabamiento, toma un papel activo en su construcción, tiene al mismo tiempo su futuro en sus manos, y es ahí donde vive y crece la esperanza de que podemos hacer del mundo un lugar mejor.

Enseñar exige curiosidad.

Paulo Freire sostiene que la curiosidad es la piedra fundamental del ser humano. Aquella que general en el ser humano el movimiento hacia el conocimiento de los objetos fuera de el y a su conocimiento de sí mismo.

El buen clima pedagógico-democrático es aquel en el que el educando va aprendiendo, a costa de su propia práctica, que su curiosidad como su libertad debe estar sujeta a límites, pero en ejercicio permanente. Límites asumidos éticamente por él. Mi curiosidad no tiene derecho de invadir la privacidad del otro y exponerla a los demás.

Ejercer mi curiosidad de manera correcta es un derecho que tengo como persona y al que corresponde el deber de luchar por él, el derecho a la curiosidad. Con la curiosidad domesticada puedo alcanzar la memorización mecánica del perfil de este o de aquel objeto, pero no el aprendizaje real o el conocimiento cabal del objeto.

Una vez satisfecha una curiosidad, la capacidad que tengo de inquietarme y buscar continúa en pie. No habría existencia humana sin nuestra apertura de nuestro ser al mundo, sin la transitividad de nuestra conciencia.

El autor finalmente enfatiza la importancia de la curiosidad al buscar que ésta sea parte viva e inherente de nuestra cotidianeidad: “Uno de los saberes fundamentales para mi práctica educativo-crítica es el que me advierte de la necesaria promoción de la curiosidad espontánea a curiosidad epistemológica”.

Notas

  • [1] Paulo Freire, “Pedagogía de la autonomía. Saberes necesarios para la práctica educativa”, Siglo XXI Editores, pp. 47-87.
  • Artículo originalmente publicado en Revista Vinculando, México, 2011.

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